Ver a un hijo quedarse al margen en el recreo, no recibir invitaciones a cumpleaños o explicar que no sabe con quién jugar puede generar mucha preocupación. Es comprensible que aparezca entonces la pregunta: ¿por qué algunos niños tienen dificultades para hacer amigos?
No existe una única respuesta. Hacer amigos no depende solamente de ser más o menos simpático, extrovertido o sociable. Para iniciar y mantener una amistad intervienen muchas capacidades: comprender lo que otra persona quiere expresar, iniciar una conversación, respetar turnos, compartir intereses, manejar la frustración, interpretar gestos y tonos de voz, adaptarse a diferentes situaciones sociales o resolver pequeños desacuerdos.
Además, cada niño desarrolla estas habilidades a su ritmo.
Por eso, tener pocos amigos, preferir relaciones de uno a uno o necesitar más tiempo para entrar en un grupo no significa necesariamente que exista un problema psicológico. Sin embargo, hay situaciones en las que las dificultades sociales son persistentes, provocan sufrimiento o aparecen acompañadas de otras señales. En esos casos puede ser útil valorar qué está ocurriendo.
¿Por qué algunos niños tienen dificultades para hacer amigos?
Hacer una amistad parece algo espontáneo cuando se observa desde fuera, pero en realidad requiere coordinar muchas habilidades simultáneamente.
Para acercarse a otros niños hay que reconocer cuándo es buen momento para participar, saber cómo introducirse en un juego o conversación, escuchar, responder de manera relacionada con lo que el otro está diciendo y percibir cuándo alguien está interesado, incómodo, aburrido o enfadado.
Estas habilidades sociales se van aprendiendo durante el desarrollo. Algunos niños las incorporan de manera relativamente intuitiva. Otros necesitan más tiempo, más experiencias o una ayuda más explícita para comprender determinadas reglas sociales.
Por ejemplo, un niño puede querer jugar con sus compañeros pero no saber cómo incorporarse al grupo. Otro puede hablar mucho sobre sus propios intereses sin percibir que los demás quieren cambiar de tema. Otro puede quedarse completamente bloqueado cuando tiene que iniciar una conversación.
Desde fuera los tres pueden parecer simplemente niños que «no hacen amigos», pero las razones son muy diferentes.
Tener pocos amigos no significa necesariamente tener dificultades sociales
Una de las primeras cuestiones que conviene diferenciar es estar solo de sentirse solo.
Hay niños que disfrutan jugando individualmente, necesitan períodos de tranquilidad después del colegio o prefieren tener uno o dos amigos cercanos en lugar de pertenecer a un grupo numeroso.
Eso puede formar parte perfectamente de su personalidad.
La preocupación aparece especialmente cuando existe una diferencia entre cómo le gustaría relacionarse al niño y lo que consigue hacer.
Un niño puede decir que no necesita amigos y sentirse verdaderamente cómodo con relaciones sociales reducidas. En cambio, otro puede decir algo parecido como mecanismo de defensa después de experimentar repetidos rechazos.
Por eso resulta más útil observar su bienestar que contar cuántos amigos tiene.
Algunas preguntas pueden ayudar:
- ¿Está satisfecho con sus relaciones?
- ¿Tiene al menos alguna persona con la que se siente cómodo?
- ¿Quiere participar en actividades pero no sabe cómo hacerlo?
- ¿Se siente rechazado?
- ¿Le preocupa mucho lo que los demás piensen de él?
- ¿Evita situaciones sociales por miedo?
- ¿Ha dejado de relacionarse después de haber sido sociable anteriormente?
La respuesta a estas preguntas aporta mucha más información que el número de amigos.
Las habilidades sociales también se aprenden
Hacer y mantener amigos exige habilidades que los adultos utilizamos muchas veces sin darnos cuenta.
Entre ellas se encuentran:
- iniciar una conversación;
- escuchar y esperar el turno;
- hacer preguntas;
- identificar cuándo otra persona quiere hablar;
- comprender expresiones faciales y gestos;
- interpretar bromas o dobles sentidos;
- respetar el espacio personal;
- compartir;
- negociar las reglas de un juego;
- aceptar perder;
- manejar pequeñas frustraciones;
- pedir disculpas;
- resolver desacuerdos;
- detectar cuándo alguien quiere terminar una conversación;
- adaptar el comportamiento al contexto.
Un niño puede tener dificultades solamente en una de estas áreas.
Por ejemplo, puede expresarse perfectamente con adultos pero quedarse sin recursos cuando tiene delante a varios niños de su edad. Puede desenvolverse bien individualmente y perderse cuando participa en un grupo. O puede tener muchas ganas de relacionarse pero interrumpir constantemente, acercarse demasiado o reaccionar intensamente cuando los demás no aceptan su propuesta.
Estas situaciones no deben interpretarse automáticamente como falta de educación o falta de interés por los demás.
A veces reflejan habilidades que todavía están madurando o que necesitan ser enseñadas de una forma más explícita.
La timidez puede dificultar el primer paso
Algunos niños necesitan bastante tiempo para sentirse cómodos con personas nuevas.
Pueden observar durante mucho rato antes de participar, evitar iniciar conversaciones o necesitar que otra persona dé el primer paso.
Ser tímido no constituye por sí mismo un problema.
Muchos niños reservados consiguen establecer relaciones satisfactorias una vez que se sienten seguros. La cuestión cambia cuando el miedo o la inhibición son tan intensos que impiden hacer cosas que el niño realmente desearía hacer.
Por ejemplo:
- quiere acudir a un cumpleaños, pero finalmente se niega por miedo;
- desea hablar con otros niños, pero se bloquea;
- evita actividades extraescolares porque tendrá que relacionarse;
- presenta dolor de barriga, dolor de cabeza o gran angustia antes de determinadas situaciones sociales;
- teme de manera muy intensa equivocarse, hacer el ridículo o ser juzgado.
Cuando esa ansiedad comienza a limitar su vida cotidiana puede ser conveniente valorar si existe una dificultad de ansiedad que requiera apoyo.
Algunos niños necesitan ayuda para interpretar las señales sociales
Gran parte de la comunicación entre personas ocurre sin palabras.
Una expresión facial, el tono de voz, la distancia corporal o una pausa pueden indicar que alguien quiere seguir hablando, cambiar de tema, terminar una conversación o mostrar desacuerdo.
Estas claves no son igualmente fáciles de interpretar para todos los niños.
Algunos pueden no darse cuenta de que un compañero ha perdido interés en la conversación. Otros pueden interpretar literalmente comentarios que tienen un sentido figurado o tener dificultades para saber cuándo pueden incorporarse a una actividad.
También existen muchas normas sociales que casi nunca explicamos de manera explícita.
Sabemos, por ejemplo, que podemos hablar más alto en un patio que dentro del aula, que una conversación necesita turnos o que no hablamos con un desconocido exactamente igual que con nuestro mejor amigo.
Aprender esas diferencias forma parte del desarrollo social.
En algunos niños resulta útil enseñar estas normas de manera mucho más directa.
El lenguaje también influye en las amistades
Para relacionarse no basta con conocer muchas palabras.
El lenguaje social requiere adaptar lo que decimos a la situación, comprender lo que otra persona quiere decir, seguir conversaciones relativamente rápidas, explicar experiencias y responder de manera relacionada con lo que acaba de decir el interlocutor.
Cuando existen dificultades de comprensión o expresión del lenguaje, las relaciones con otros niños pueden volverse más exigentes.
El problema puede hacerse especialmente visible a medida que aumenta la edad y los juegos dependen menos de la actividad física y cada vez más de conversaciones, reglas compartidas, bromas y negociación.
Cuando además de las dificultades sociales existen dudas relacionadas con el desarrollo del lenguaje, puede resultar útil una valoración más amplia.
Maindo cuenta con atención específica para la evaluación del neurodesarrollo infantil en Madrid, precisamente porque estas dificultades deben analizarse dentro del conjunto del desarrollo del niño.
La impulsividad y la regulación emocional pueden afectar a las relaciones
Hay niños que consiguen iniciar amistades con facilidad pero tienen problemas para mantenerlas.
Puede ocurrir, por ejemplo, cuando existe mucha impulsividad.
Interrumpir repetidamente, cambiar constantemente las reglas del juego, querer decidir siempre qué se hace, reaccionar intensamente cuando se pierde o actuar antes de pensar puede generar conflictos con otros niños.
Algo parecido ocurre con la regulación emocional.
Todos los niños se enfadan o frustran. Sin embargo, cuando cualquier desacuerdo termina en una reacción muy intensa puede resultar difícil que las relaciones se mantengan.
En algunos niños estas características pueden aparecer asociadas al TDAH, pero tener problemas con los amigos no significa tener TDAH, del mismo modo que ser impulsivo ocasionalmente tampoco permite establecer un diagnóstico.
Lo importante es valorar el patrón completo: atención, impulsividad, regulación emocional, funcionamiento escolar, comportamiento en casa y relaciones sociales.
¿Las dificultades para hacer amigos pueden estar relacionadas con el autismo?
En algunos niños, las dificultades persistentes de comunicación e interacción social forman parte de un trastorno del espectro autista (TEA).
Sin embargo, es importante evitar conclusiones rápidas.
Un niño que tiene pocos amigos no tiene necesariamente autismo.
El TEA implica un conjunto mucho más amplio de características relacionadas con la comunicación e interacción social y con patrones de comportamiento, intereses o formas de procesar el entorno que deben evaluarse globalmente.
Cuando existen dudas sobre otros aspectos del desarrollo, puede ser útil una valoración profesional.
En Maindo hemos abordado específicamente esta cuestión en el artículo cómo saber si mi hijo puede tener trastorno del espectro autista.
El objetivo de una evaluación no es buscar una etiqueta a toda costa, sino comprender cómo funciona ese niño, cuáles son sus fortalezas y en qué áreas puede necesitar apoyo.
La ansiedad social también puede estar detrás del aislamiento
Hay una diferencia importante entre no saber cómo relacionarse y saber hacerlo, pero sentir demasiado miedo para intentarlo.
Un niño con ansiedad social puede entender perfectamente las reglas de una conversación y, sin embargo, sentirse paralizado ante la posibilidad de ser observado o juzgado.
Puede anticipar pensamientos como:
«Se van a reír de mí».
«No voy a saber qué decir».
«Seguro que hago el ridículo».
«Nadie va a querer jugar conmigo».
Cuando ese temor se repite, puede empezar a evitar precisamente las situaciones que podrían permitirle ganar confianza.
Deja de ir a cumpleaños, rechaza actividades, habla poco en clase o evita grupos nuevos. Cuanto menos participa, menos oportunidades tiene de comprobar que algunas interacciones pueden salir bien.
La ansiedad puede generar así un círculo de evitación.
A veces el problema no está en el niño, sino en lo que ocurre alrededor
No todas las dificultades para hacer amigos tienen un origen individual.
El contexto importa muchísimo.
Un cambio de colegio, una mudanza, incorporarse a mitad de curso, no compartir intereses con los compañeros de clase o haber tenido experiencias negativas pueden explicar una etapa de mayor aislamiento.
También debe contemplarse siempre la posibilidad de rechazo o acoso escolar.
Un niño que antes era sociable y comienza repentinamente a evitar el colegio, deja de hablar de sus compañeros, pierde amistades o se muestra angustiado ante situaciones que antes disfrutaba merece atención.
Ante cambios bruscos de comportamiento es importante no quedarse únicamente con la conclusión de que «se ha vuelto tímido».
Puede estar ocurriendo algo que todavía no sabe explicar.
Maindo dispone también de información específica sobre qué hacer ante el acoso escolar.
El desarrollo de la amistad cambia con la edad
Las relaciones sociales no significan lo mismo durante toda la infancia.
Durante los primeros años, buena parte de la relación entre niños se construye alrededor del juego y de actividades compartidas.
Con el crecimiento, las amistades empiezan a incluir cada vez más cooperación, confianza, conversaciones, intimidad emocional, intereses comunes y sentido de pertenencia.
Más adelante, especialmente al aproximarse la adolescencia, pertenecer a un grupo puede adquirir una gran importancia.
Por eso una misma situación debe interpretarse de manera diferente según la edad.
No esperamos de un niño pequeño la misma comprensión de la amistad que de un adolescente.
También conviene recordar que existen enormes diferencias individuales. Algunos niños necesitarán muchos contactos sociales y otros estarán perfectamente satisfechos con un círculo muy pequeño.
Señales de dificultades sociales que conviene valorar
No existe una cifra concreta de amigos a partir de la cual debamos preocuparnos.
Resulta más útil observar la persistencia, el sufrimiento y la repercusión de las dificultades.
Puede ser recomendable consultar cuando observamos varias situaciones como estas:
- el niño quiere tener amigos pero no consigue establecer relaciones;
- expresa repetidamente que se siente solo;
- es rechazado de forma frecuente por sus compañeros;
- no sabe cómo incorporarse a juegos o conversaciones;
- pierde amistades una y otra vez por conflictos similares;
- parece no comprender determinadas señales sociales;
- evita situaciones sociales por miedo intenso;
- muestra una ansiedad elevada antes del colegio, cumpleaños o actividades;
- tiene grandes dificultades para aceptar reglas, turnos o pequeñas frustraciones;
- existen además dificultades importantes de lenguaje o comunicación;
- hay dudas sobre otras áreas del neurodesarrollo;
- el aislamiento se acompaña de tristeza o pérdida de autoestima;
- ha experimentado un cambio brusco respecto a su forma habitual de relacionarse;
- existe sospecha de acoso escolar;
- las dificultades aparecen en diferentes contextos y se mantienen en el tiempo.
Ninguna de estas señales, observada aisladamente, permite realizar un diagnóstico.
Son motivos para intentar comprender mejor qué está sucediendo.
¿Qué pueden hacer los padres cuando a su hijo le cuesta hacer amigos?
El primer impulso de muchas familias es intentar aumentar rápidamente el número de oportunidades sociales.
Sin embargo, apuntarlo a varias actividades o insistir en que «tiene que hacer amigos» no siempre ayuda.
Antes conviene intentar averiguar qué parte de la interacción resulta difícil.
Hablar sin interrogar
En lugar de preguntar constantemente «¿con quién has jugado hoy?», puede resultar más útil interesarse de forma abierta por cómo ha sido el recreo, qué cosas le han gustado o qué situaciones han resultado incómodas.
El objetivo no es evaluar diariamente su sociabilidad.
Es crear un espacio en el que pueda contar lo que le ocurre sin sentir que está decepcionando a sus padres.
Hablar con el colegio
Los profesores observan situaciones que la familia no puede ver.
Pueden aportar información sobre cómo participa en clase, qué ocurre durante el recreo, si se acerca a otros niños, si otros se acercan a él y cómo resuelve los conflictos.
Comparar lo que sucede en distintos contextos ayuda mucho a comprender el problema.
Facilitar relaciones basadas en intereses comunes
Las amistades suelen aparecer con mayor facilidad cuando existe algo compartido.
Una actividad deportiva, música, dibujo, juegos, tecnología, lectura o cualquier otro interés puede facilitar la interacción porque ya existe un tema común.
Esto no significa llenar la agenda de actividades sociales, sino buscar contextos en los que relacionarse resulte más natural.
Empezar por situaciones sencillas
Para algunos niños es mucho más fácil relacionarse con un solo compañero que intentar entrar directamente en un grupo.
Un encuentro breve y estructurado puede ser más útil que una actividad con muchos niños y pocas referencias.
Practicar algunas situaciones
Determinadas habilidades sociales pueden entrenarse mediante pequeños juegos de rol:
«¿Qué podrías decir para preguntar si puedes jugar?».
«¿Cómo sabes si alguien quiere seguir hablando?».
«¿Qué podrías hacer si no quieren jugar a lo que tú propones?».
No se trata de convertir cada relación en una lección.
La finalidad es ofrecer herramientas cuando el niño no sabe espontáneamente qué hacer.
Qué conviene evitar

La preocupación de los adultos puede hacer que, sin pretenderlo, el niño interprete que existe algo defectuoso en su manera de ser.
Conviene evitar comparaciones como:
«Tu hermana siempre ha hecho amigos fácilmente».
«Tienes que ser más sociable».
«Si no hablas, nadie va a acercarse».
«Deberías salir más».
También es preferible no etiquetarlo constantemente como «el tímido», «el antisocial» o «el que nunca habla».
Y, sobre todo, no debemos convertir tener muchos amigos en una medida de éxito personal.
El objetivo no es conseguir que un niño se transforme en alguien extrovertido.
El objetivo es que pueda establecer relaciones satisfactorias de acuerdo con su personalidad y que disponga de recursos suficientes para relacionarse cuando lo desea o necesita.
¿Cuándo acudir a un especialista?
Puede ser recomendable solicitar una valoración cuando las dificultades sociales son persistentes, generan sufrimiento o interfieren de manera clara en la vida cotidiana.
También cuando aparecen dudas en diferentes áreas al mismo tiempo: comunicación, lenguaje, atención, regulación emocional, ansiedad, comportamiento o neurodesarrollo.
Una evaluación no debería limitarse a preguntar cuántos amigos tiene el niño.
Es necesario comprender:
- cómo se comunica;
- cómo interpreta las situaciones sociales;
- qué ocurre en el colegio;
- cómo son sus relaciones familiares;
- cómo maneja la frustración;
- si existe ansiedad;
- qué capacidades de atención y autorregulación presenta;
- cómo ha evolucionado su desarrollo;
- si desea relacionarse y no puede o si simplemente prefiere hacerlo de otra manera.
En determinados casos puede ser suficiente con orientación a la familia. En otros puede resultar indicado trabajar habilidades sociales, regulación emocional o ansiedad, coordinarse con el colegio o realizar una evaluación más amplia del neurodesarrollo.
En Maindo Salud Mental realizamos una valoración integral de niños y adolescentes desde la psicología y la psiquiatría, teniendo en cuenta no solamente los síntomas sino también su situación familiar, escolar, social y evolutiva.
Puede consultar nuestra consulta de psicología en Madrid y nuestro servicio de psiquiatría infantil en Madrid.
No todos los niños necesitan muchos amigos, pero todos necesitan sentirse seguros en sus relaciones
Cuando un niño tiene dificultades para hacer amigos, la pregunta más útil no es simplemente cuántos amigos tiene.
Hay que preguntarse cómo vive sus relaciones.
Algunos niños necesitan tiempo. Otros necesitan encontrar personas con intereses parecidos. Algunos necesitan aprender habilidades que para otros son intuitivas. Y en determinados casos existen dificultades emocionales, de comunicación o del neurodesarrollo que merece la pena comprender.
Observar sin etiquetar, escuchar al niño y valorar cómo funcionan sus relaciones en diferentes contextos permite distinguir mejor entre una forma particular de relacionarse y una dificultad que necesita apoyo.
Cuando el aislamiento genera sufrimiento o interfiere con su vida escolar, familiar o social, una valoración profesional puede ayudar a entender qué está ocurriendo y qué apoyos pueden facilitar que el niño desarrolle relaciones satisfactorias sin tener que dejar de ser él mismo.
Preguntas frecuentes
Orientación sobre sociabilidad infantil, ansiedad y cuándo buscar apoyo profesional.
